martes, 16 de agosto de 2016

Gracias, pero mi cuerpo es sólo asunto mío

Gracias a los que me recordáis constantemente que estoy más gorda, o más delgada.
A la amiga que me dice, con evidente malicia: “¿Es que no comes por no engordar?”
Y a quien, con supuesta benevolencia, me insiste: “Come, come, que la sandía no engorda” o “tú no te preocupes, que luego lo quemamos”, y que asumen una supuesta preocupación por el peso -sólo por el hecho de ser mujer- inexistente.

Gracias a quien me señala despreocupadamente: “Pues parecía que habías adelgazado más por tus fotos de Facebook”. Y a quien observa que tus muslos están más firmes después de una larga caminata. Ya, y antes de estar más firmes, estaban... dilo, celulíticos, ¿no? Al monitor de gimnasio que comenta: “las chicas soléis venir por motivos estéticos”. Anda, y ese cruasán de la zona de peso libre viene porque le preocupa su salud, ¿verdad?

Gracias a esa revista femenina, que con sus interminables listas de cosméticos, ropa y consejos sexuales es un puro insulto a la inteligencia de la mujer, que aparentemente, no es capaz de interesarse en otro tipo de cuestiones.

Gracias al que me pregunta si tengo la regla cuando me ve tensa. Gracias a quienes me miran con extrañeza cuando comento con naturalidad, delante de hombres, que tengo la regla ¡Ah!, esa condición vergonzante de la mujer que hay que ocultar a toda costa... Y a los niñatos que me han replicado: “pero no me lo cuentes, ¡qué asco!”. Y no, tú, hombre que te autodenominas feminista y evolucionado, tampoco hace falta que te quedes paralizado y me trates como si me retorciese entre dolores insoportables, solo te pido normalidad.

Gracias al hombre que me dice: “qué alegría cuando te vistes como una mujer de verdad” cuando llevo un vestido, porque, aparentemente, los vaqueros no son lo suficientemente femeninos. O al colega periodista que me dice: “Te va a ir muy bien en la profesión, pero tienes que seguir vistiendo así de bien" (cuando llevas una falda). Y a ese entrevistado que se dirige al fotógrafo en vez de a ti, la periodista, asumiendo que es el hombre quien va a hacer las preguntas, y que tú eres poco más que su ayudante o secretaria. Y que durante las respuestas, le mira más a él que a ti.

Gracias a quienes alaban las piernas de esa tenista, en vez de su juego. A quienes critican la ropa de la presentadora de informativos, pero juzgan a un hombre por su competencia profesional. A los que te insisten: “eres guapa, podrías trabajar de reportera en la tele”.

Gracias a ese comentario de que “se casan con Dios, porque no hay Dios que se case con ellas” cuando pasa una monja. Por lo visto, los curas son conocidos mundialmente por su atractivo.

A ese compañero de clase que susurra que la “profe es una malfollada”. Y a todos los compañeros de clase que alguna vez te llamaron guarilla y puta o que te sueltan un “me la vas a chupar”. A ese hombre de tu familia que te aconseja “tú virgen hasta el matrimonio”, pero él no se aplica el cuento.

Gracias a todos los que la llaman “robamaridos” a ella, aunque, a diferencia de él, esté soltera y no traicione a nadie (ya se sabe que fue ella la hechicera que lo sedujo con sus malas artes). Al chico que pide la bebida por ti en vuestra primera cita. Y a ese otro que mira con nostalgia tus uñas sin pintar... “Pero a veces te las pintas, ¿no?” Y a la amiga que te pregunta, cuando le hablas de ese nuevo chico que has conocido: “¿Pero es un chico serio?” Dando por hecho que a una solo le pueden interesar las relaciones serias.

Gracias a los hombres que se quejan de que su abuela, tía, o madre no está duchada ni arreglada (porque lleva toda la mañana cocinando y poniendo lavadoras). Y a los que simplemente gritan: “¡¿Cuándo va a estar la comida?!” A las que critican a una mujer que se casa sin saber cocinar previamente. Y a las que eximen a sus hijos, maridos y padres de las tareas domésticas porque “las mujeres siempre tenemos más cuidado con esas cosas, prestamos más atención a los detalles”.

A ese familiar tuyo que se alarma porque te vas a Marruecos con una amiga. “Pero, ¿cómo, las dos solas?”, porque las mujeres siempre van solas, excepto cuando van acompañadas de chicos. Y que te dice que los hombres son "muy malos” y que “hasta meter, prometer”.

Al tío que se masturba entre los arbustos cuando estás sentada en un parque por la noche. Al que se sienta a tu lado para ligar contigo mientras tú estás leyendo tranquilamente. Al que te sigue por la noche en tu camino a casa. Al profesor de autoescuela que coloca su mano sobre la tuya para mostrarte como se cambian las marchas "con más suavidad".

A esa amiga que te tilda de “sosa, más que sosa” por rechazar las bromas sexuales de otro amigo del grupo. Al hombre casado que te dice: “¿Pero por qué te veo tanto en la consulta del médico?¡Si tú estás muy buena!”. Ah, me siento desbordada por tanto ingenio... Y a ese otro que te invita a cenar y, a medio camino entre los entrantes y el primer plato, te menciona a su mujer y sus hijos.

Gracias porque todos esos comentarios me reafirman en la importancia del feminismo. Y estos son sólo algunos ejemplos, algunos muy recientes, que se me han ocurrido de experiencias propias. No he querido recurrir a ninguno que no hubiese vivido, en parte, porque la lista sería interminable.

No he tenido que esforzarme demasiado para recordarlos; apuesto a que el mes que viene podría darme para otra hoja entera, pero sirva para ilustrar la violencia y la presión diaria a la que nos vemos sometidas las mujeres.

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