lunes, 15 de agosto de 2016

Cuaderno de soledades

No es fácil encontrar un café donde uno pueda consagrarse con calma a pulir su soledad, donde, desde una mesa como un islote uno pueda contemplar el gran archipiélago del mundo, sin mezclarse. Un santuario donde cultivar la ociosidad y un cierto tedio lujuriante y perder escandalosamente el tiempo ante una sociedad en que detenerse implica el fuera de juego inmediato.

Yo he encontrado ese reducto, un híbrido entre café de principios de siglo y sala de estar de abuela. Mesas de mármol, una colección de retratos antiguos y taciturnos ventiladores de girar monótono.

Aquí no ha llegado la pulcra eficiencia del aire condicionado, aquí guardamos una eterna hora de la siesta, con indiferencia de las manecillas del reloj. Este no es uno de esos cafés efímeros que jalonan el modernísimo barrio de Malasaña, con su catecismo de comida sana y cócteles ingeniosos listo para complacer a los cazadores de garitos de moda y una clientela que, entre grandes gestos, se pone al día de las novedades de sus excitantes vidas.

Aquí somos letárgicos y tediosos, malhumorados e imperfectos. De vez en cuando levantamos con nostalgia la mirada de nuestro libro para mirar a través de la ventana, no se sabe si para observar el ir y venir de la gente, o a fin de reflexionar sobre lo leído, o quizá se trata simplemente de una pausa para descender mejor hacia las profundidades de nuestra soledad.

Aquí no hemos venido a retomar el contacto con nadie ni a dejarnos ver, solo a estar en el mundo a nuestro modo, a leer sin demasiado ahínco y a dejar vagar el pensamiento. Y en estas diversas ocupaciones compartimos un silencio tácito con nuestros vecinos de mesa, mientras camareros con camisa floreada nos atienden con una indiferencia que nos reconforta, porque lo que más detestamos en este mundo son las amplias sonrisas comerciales, ese buenismo hipócrita que todo lo impregna, desde los modales de la gente hasta los títulos de los manuales de autoayuda.

Nuestra medida de tiempo es un sorbo de café, el gesto de pasar la página, el mordisqueo ocasional de la pasta de té que nos han traído, el rasguñar vacilante del lápiz sobre el sudoku del periódico.

Fuera, allá en el caótico mundo real, tenemos familia, personas a las que podemos llamar amigos, quizá pareja o un amante, un trabajo más o menos precario, como vendas que nos envuelven en una identidad social más o menos inequívoca que permite a los demás clasificarnos fácilmente.

Pero aquí solo somos nosotros, desolados, digiriendo a nuestro gusto la miseria del mundo, enarbolando una corajuda resistencia contra la servidumbre de la productividad. Aquí somos amos de nuestro tiempo, libres de desperdiciarlo sin recibir por ello el oprobio social.

Más cuerdos que aquellos que conducen contra el horizonte en una autopista sin fin, sin percatarse de que el contador vuelve periódicamente a cero; los que corren desmelenados en su rueda, sin atisbar su esencial ridículo; los que creen que quien no se renueva y cambia constantemente se marchita. Atrapados en el loable impulso de saltar sin saber que no hay nada al otro extremo del abismo. Pedaleando al máximo de su capacidad entre palmaditas en la espalda y promesas de empleo y éxito que nunca se materializan.

Nosotros somos más modestos, nos conformamos con que nos dejen tranquilos. Fuimos adictos a la fluctuación, al riesgo, porque temíamos aburrirnos, o peor, comprometernos. Porque creíamos que había que seguir remando para no ser absorbidos por las entrañas de la tierra, que tirarse de cabeza era la única forma de progresar.

El progreso, esa entelequia.

Aprendimos que las cosas nunca son mejores, solo diferentes, tan radicalmente diferentes que entre cada nueva aventura, empleo precario o colaboración incierta, volvemos al kilómetro cero.

Ese nuevo trabajo no nos aporta un mejor salario, sino una única certeza, la del cambio. Porque hay que fatigarse demostrando que estamos dispuestos a saltar del precipicio. Porque hay que probar que nosotros no nos anquilosamos, no nos apocamos.

Y así, la vida se vuelve fragmentaria y absurda. Los puntos de los que hablaba Steve Jobs están dispersos como estrellas en una galaxia, y entre ellos, medra una densa materia, ciega y blanca. La Nada.

¿Cómo se pueden contar historias, escribir relatos, cuando uno no puede articular con claridad una narración lineal de su propia vida? ¿Cómo se pueden establecer lazos sólidos entre personas cuando el valor supremo es la adaptación, la capacidad de desprenderse del pasado, de recomenzar? ¿Cómo se pueden cultivar el compromiso y la lealtad cuando la mayor cualidad es el desapego; el rasgo definitorio del empleo actual, el cortoplacismo; y el mayor pecado, la rutina?

En este café de espejos con humedades negras y banquetas de terciopelo rojo deshilachado, aquí trepa la nada, aquí nos regala el vacío una caverna para reflexionar. Aquí hemos astillado la rueda que nos esclavizaba, aquí hemos rechazado el reflejo maquinal del cambio por terror a la parálisis. Aquí somos algo más libres en nuestra escogida soledad.


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