miércoles, 29 de junio de 2016

II

En la noche lejana
donde se rompen los amantes,
en la fragua oscura
donde se forjan los besos,
allí, tú, sin rostro apenas,
casi sin nombre,
gritas y muerdes
y susurras y lloras.
Mensajero efímero de un dueño
que servimos con furia, deseo,
mansedumbre o dolor:
tú, en tu órbita distante,
yo, en mi herida silenciosa,
que intuyes sin comprender.
En el crepúsculo gastado
de los cuerpos,
allí lanzas tu ancla,
allí salta la tierra,
allí se afilan puñales
-presentes y futuros-
como diamantes,
allí se funde el invierno
para tallar soledades más lacerantes,
más precisas,
allí prenden los versos,
que en su nostalgia de lo inexistente
cifran el dolor de lo que fue.
Los versos que te escalan,
rodeándote, petrificándote
como una foto antigua,
y arrancándote a ti de ti,
te funden a mí.


I

Das nombre a mi sed de infinito,
hombre silencioso y lejano,
pausado y distante:
legítimas son tus razones.
Vas y vienes como los fragmentos de un sueño,
presides desde tu trono humilde
mi limbo de anhelos.
Tu rostro, a mitad borrado en mi mente
como las ciudades dejadas atrás,
resplandece esta noche entre el humo
y el canto de la cigarras.
Las notas de tu voz tranquila
murmuran en el silencio ajetreado
de la noche como un río;
despiertas en mí sentimientos sigilosos
como torres de seda.
En este crepúsculo agotado,
pienso tu cuerpo desconocido,
tus manos apenas entrevistas,
tu cabeza de lluvia, tus ojos fugitivos
y ese silencio tuyo donde el amor se ennoblece.
Deseo suspendido,
deseo enmudecido.
Carne de luz y quimera la tuya.
Cima tranquila que hace temblar
a los que desde abajo contemplan.
Luciérnaga vaporosa,
cuyo imperceptible tintineo
deja rastros de fuego.
Gota callada,
que excava sin prisa una grieta poderosa.
Así quisiera yo también haber dejado en ti
una herida subterránea
que aguarda el despertar.