lunes, 2 de mayo de 2016

Por arte de la lluvia

Lo vi de reojo desde la distancia, atravesando la anchurosa calle en zancadas amplias, tambaleando su cuerpo largo entre los viandantes. Lo vi sin intuir su identidad, sin comprender que sus zancadas holgadas buscaban mis pasos vigorosos, hasta que nos encontramos en la intersección perpendicular de nuestros caminos.

Nos hicimos las mismas preguntas que la primera vez, tanteándonos, reconociéndonos. Parecía más alto, más guapo que aquel día, o quizá era el influjo de la luz atenuada en la tarde húmeda y aturdiente, una de esas en que Madrid se revela no con su acostumbrado rostro de ciudad soleada y expansiva, sino con piel de ninfa caprichosa y taciturna. Ojeé con ternura la acreditación que me mostraba, sonriendo a lo que fuese que intentara vender. Repitió la fórmula que ya había empleado en la mañana soñolienta y nubosa en que le conocí. Aquella vez, la claridad suave e incipiente parecía acompasar el comienzo de algo, de la misma forma que el aire enfebrecido de esa tarde posterior confería intensidad a ese segundo encuentro.

Preguntó con cierta torpeza dónde me dirigía, de dónde venía, como si importara, como si no fuese el cándido intento de dilatar aquella reunión a la que nos convocaba el azar bajo un mojado sol de junio. Escondió las credenciales de vendedor que portaba bajo sus manos demasiado grandes, de niño crecido a trompicones, retándome al juego de adivinar su edad. Respondió que no, que solo tenía veintiuno, y otra vez que no, que desde que quebró el negocio de sus padres tampoco estudiaba sino que trabajaba para ayudarles. Lo hizo con una llaneza franca, como si no hubiera notado el relámpago que rebotó entre nuestros cuerpos, como si fuésemos algo más que dos veletas sin rumbo, parpadeando como faros en la ciudad, atrayéndonos hacia nuestras ocultas soledades. Yo, hacia la soledad interior de mi cuartito de paredes blanqueadas en apartamento compartido, del tedio expectante del colchón donde me tendía al arrullo del crepúsculo; él, hacia la soledad exterior de su oficio de supervivencia, de tantos rostros abordados con una familiaridad enajenante. Nos miramos, buscándonos a tientas con esa desesperación altiva de la juventud, rodeándonos como la danza del día y la noche.

Me deseó suerte, confió en que se repitiera la coincidencia, con un trastabilleo lento de palabras arrojadas como nudos a mis pies. Me encomendé yo también al albur con ligereza, llevada por el relámpago vehemente de la tarde, de la lluvia, del arbitrio, de la casualidad generosa. No fue hasta que el día amainaba sobre el horizonte que empezaron a sobrarme las palabras que no le dije, los ofrecimientos que no recogí en mi ebriedad de tarde y luz. Comprendí que la busca no tenía sentido, el reencuentro sería -como suele ocurrir- fortuito o no sería, y saberse en manos del azar era como participar en un juego desconcertante del que se ignoran las reglas.

Regresé a la aridez de los días sin sobresaltos, a la comodidad inocua de las semanas sin sorpresa. Regresé al apartamento compartido, los muros blanqueados, el colchón huérfano, los artículos esporádicos, la yerbabuena declinante junto a la ventana. Regresó el asedio de sol contra el espinazo de las calles, el mediodía desgajando su fruta rotunda sobre los tejados. Volví a contemplar hipnotizada el gato de mis vecinos, la sola presencia mágica de mis días con su nariz tiznada de blanco como un chamán.

Pero la espera paciente no se contaba aún entre mis habilidades, de modo que intenté acelerar el destino, falsear el juego. Para recordar su nombre, regresaba mentalemente al instante en que las letras de su acreditación desaparecieron bajo sus palmas, en vano. El esfuerzo me producía la sensación incómoda del que intenta ver bajo el agua.

No soportaba la idea, quizá incluso la intuición, de formar parte de un juego cuyas normas era inaccesibles a mi entendimiento, escritas por un elemento inaprensible, llámese suerte, hado, providencia o sino.

En mi pretensión de sortear el funesto mecanismo, deambulé por el centro. Paseé con la mente intencionadamente en blanco, como si mis pensamientos pudieran delatarme, por populosas avenidas comerciales como las que habían presenciado nuestro encuentro. Me orientaban las luces minúsculas y tintineantes encostradas bajo mi piel. Las luces que crecían apenas como un musgo suave contra mi pecho, insurrectas contra el sol absoluto e implacable. Las mismas que revivieron como convalecientes de una larga hibernación con el soplo caliente y húmedo de esa tarde cuando, de nuevo, le vi en la distancia, mientras atravesaba la calle en zancadas amplias, la carpeta bajo las manos grandes de niño crecido a sacudidas.

Estábamos ya a pocos metros. Le miré de reojo mientras un viento de promesa agitaba las luces como brotes tiernos. Contemplé como mi camino iba a anudarse con el suyo en la intersección perpendicular. Me imaginé sonriendo a lo que fuese que intentara venderme, aventurándome en el juego de adivinar su edad mientras él, una vez más, cubría apresuradamente las credenciales. A ella le dijo que no, que solo tenía veintitrés.

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