domingo, 7 de junio de 2015

I

Cuando levantaron la vieja manta que lo cubría, el ángel ya no estaba. Tal era el contraste entre la pomposidad de las alas de plata polar que habían engordado el mísero cobertor durante veintiún noches y sus correspondientes amaneceres y la desinflada vacuidad del trapo que yacía ahora tirado como un pellejo, que los vecinos del barrio dudaron por una infinitesimal fracción de segundo que alguna vez hubieran contado con tan ilustre morador. Pero al sacudir la tela, junto con la espesa y hedionda polvareda, se desprendió una nívea pluma que pirueteó en el aire antes de posarse mansamente sobre el suelo.  

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