domingo, 7 de junio de 2015

I

Cuando levantaron la vieja manta que lo cubría, el ángel ya no estaba. Tal era el contraste entre la pomposidad de las alas de plata polar que habían engordado el mísero cobertor durante veintiún noches y sus correspondientes amaneceres y la desinflada vacuidad del trapo que yacía ahora tirado como un pellejo, que los vecinos del barrio dudaron por una infinitesimal fracción de segundo que alguna vez hubieran contado con tan ilustre morador. Pero al sacudir la tela, junto con la espesa y hedionda polvareda, se desprendió una nívea pluma que pirueteó en el aire antes de posarse mansamente sobre el suelo.  

Recuerdo del frío

En realidad esto del amor no tenía ninguna lógica, pero sí toda la persuasión de un sortilegio que la guiaba a través del marchito aire invernal. Que la impelía gozosamente hacia el fondo de la avenida, donde oscilaba el fulgor de una ventana en la noche impertérrita ante la magnitud de los instantes por venir y la furiosa pujanza de sus veinte años contra la piel. Ella se complacía en registrarlo todo, recordarlo todo, dominada por una imperiosa sensación de trascendencia al andar calle abajo, llamar al timbre y aguardar anhelante tras la pesada puerta, mientras él descorría pausadamente el cerrojo.