viernes, 7 de febrero de 2014

Breve oda a un pitillo

       
     
             Llevo días intentando apagar el impulso. Pero en este día tardío y esta noche incipiente, vuelven las ganas, y no hay nada que me retenga en casa para evitar lanzarme a la calle. No sé si será el tedio de las largas jornadas algo desocupadas y a la vez algo cargadas del período de exámenes, un sentido de la inspiración tiránico y caprichoso o la nostalgia de unos días que aún colea en el fondo de mi memoria, el caso es que me lanzo a por un paquete de cigarros.

              No te hagas ilusiones, querido, lo nuestro siempre ha sido un idilio interesado, nada serio. Tú me alumbrabas las noches en París, las recubrías con el sedoso velo de tu inconsistencia. Pensé que ya en Madrid no te necesitaba pero ahora veo que la noche es aquí también como una bocanada de humo entre unos labios violetas. Y no sé cuál es tu fórmula ni tu sortilegio que siento ya el veneno de la tinta en las puntas de los dedos y ansío llegar a casa para abalanzarme sobre el teclado.

             Los numerosos fumadores, que antes me pasaban desapercibidos, ahora se iluminan como los miembros de una enigmática logia y visto que mi mechero ni te recuerda ni quiere saber nada de ti, voy rastreando las manos de la gente. Manos huérfanas, ahora lo veo. Pido fuego sin discriminar (“Vous auriez du feu?”), aunque es evidente que algunos miembros de la secta me parecen más interesantes que otros. Por las ventanas de los cafés observo parlotear a la gente, envuelta en un aire cristalino e insípido, y siento una cierta superioridad. También me fijo en los turistas observando con grandes ojos lo que yo miro sin ver. Igual que Baudelaire en Los paraísos artificiales, mis ojos penetran el infinito: ¿y no será todo esto, al fin y cabo, un gusto, una necesidad de  infinito y de eternidad?



Foto de Simone Signoret