miércoles, 20 de febrero de 2013

Vida y muerte de una historia

 
           Las historias pueden ser extremadamente frágiles. U ominosamente insistentes. Esta que me trota por la cabeza desde algún tiempo es del primer tipo. Y cómo acabo de comprobar, también un poco testaruda como las que pertenecen al segundo.
            Las historias pueden ser enormemente delicadas. Sin apenas darse cuenta uno va acumulando cosas dentro de sí: frases, historias, escenas… un color, una mirada, un sueño, que van dibujando un boceto y cada nuevo elemento viene a repasar el contorno de ese pálido dibujo. Y en algún momento nos alcanzan unos cuántos pensamientos sin forma que horadan la oscuridad de nuestro cerebro. En ese instante, los desechamos sin reflexionar demasiado, pero al poco tiempo regresan, más definidos y poderosos. Podemos escribir la historia en ese momento o un poco más tarde, en cualquier caso jamás será la misma; la historia se alimenta de nuestra cotidianeidad aunque haya tenido su raíz en lo pasado, vivido y aprendido. Y en lo que ansiamos aprender. De ahí el problema, pues ¿qué ocurre cuando la vida se adelanta a la escritura?
               Se olvida la historia, o se guarda para cuando vuelva de nuevo a tener sentido. Todo puede recobrar el sentido tan rápidamente como lo perdió cuando uno es joven. Uno se siente ávido de respuestas, aunque no conozca las preguntas, aunque no esté seguro de que tales preguntas existan. Y cuando uno no sabe qué busca, todo puede parecer una respuesta. Hasta la irregular oscilación de la llama de una vela puede convertirse en una. Y de vez en cuando, para la salvación de nuestra pobre alma, surgen brillando los dorados hilos de una historia que parece poseerlas todas, si nos atrevemos a ahondar un poco.
               Entonces la vida ocurre. La vida irrumpe sin pedir permiso derribando esa vaporosa telaraña que era nuestra historia, despojándola de todo sentido. “¿Quién soy -ahora?”. Pasamos la mitad de la vida esperando a que ocurran las cosas y la otra mitad analizándolas, y de repente, cuando comenzábamos a captar la arquitectura de las cosas, un nuevo elemento trastoca nuestra argumentación. La vida no espera a la literatura, por ello voy a comenzar con esta historia sin más dilación. Pues finalmente permaneció, aunque deba ser retocada; quizá todavía pueda explicar algo.
                  Es una historia que habla del espacio, de un espacio negro como el universo y blanco como copos de nieve que caen silenciosamente en un campo abandonado. De un espacio con atardeceres anaranjados que se derriten sobre el horizonte con una belleza intrigante. Un espacio mudo y vacío donde nada se escapa y las ideas se quedan orbitando como asteroides gastados. Un lugar donde vivir en la ignorancia de todo excepto de la propia soledad, la única certeza que nos sostiene en este mundo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario