lunes, 3 de diciembre de 2012

Sobre el silencio

Sin pretensiones de exhaustividad, hay tres tipos de silencio que me resultan interesantes.


El primero es el silencio paz, el silencio plenitud. Ése que inunda los pulmones con una claridad metafísica, que se desliza como una tibia caricia de agua entre los dedos. Esa luz dorada que se introduce por la ventana al amanecer o la húmeda quietud de las calles tras la lluvia; ese flotar cósmico del alma que se siente ligera o el eco solitario de unos zapatos que vuelven a casa tras una noche dichosa. Una fatigada pero complaciente madrugada de viaje. El momento en el que uno termina ese libro fascinante que estaba leyendo y cierra los ojos para dejar revolotear las sensaciones en la nocturna oscuridad de la mente; el momento en que uno puede tomar una pausa de esa carrera de fondo en que a veces se convierte la vida y suspirar que “todo está bien” y que en ese instante todo es perfecto tal y como es.


El siguiente es el silencio espera, el silencio monotonía. El que emana de los días que se suceden mecánicamente sin destino preciso, que se arrastran hacia un precipicio para perderse en el vacío sin significado posible. Una agotadora paciencia impuesta o las noches inanes frente a la luz anémica del ordenador. La vida que se dibuja prácticamente plana en un electrocardiograma, como una nada blanca e inmasticable o la pasiva espera de un estallido de luz en un interminable pasillo sombrío.

 El último es el silencio vacío, el silencio soledad. El que aparece cuando desvelamos lo más preciado de nuestra alma y sólo recibimos una punzante indiferencia. Un rechazo como un temblor de tierra que nos devuelve al punto de partida o el silencio del aislamiento que alumbra fantasmoides paranoias sobre el mundo alrededor. Un silencio agónico que te sube por el brazo con su negrura desangelada o un aullido que se sumerge hasta el centro de la tierra.