sábado, 24 de marzo de 2012

La última gota de dolor

El día siguiente, de Edvard Munch


       Aún ando rebuscando en los recuerdos de aquellos días sin alma, aquellos días en que en que todo mi ser aullaba.
       Voy rastreando los ojos ofrecidos y asustados que me contemplan, paladeando amores caducos, tragándome con furia la noche, embriagándome de olvido o sarcasmo, dilatando límites propios y ajenos, succionando con saña hasta la última gota de dolor. Viviendo de las sobras de otra vida. Usurpándole su lugar a la imaginación.

Amor no correspondido

Discúlpenme que hable de amor...

El beso, de Edvard Munch


        Yo creo que el amor no es una enfermedad sino un crimen. Un crimen en el que la inerme víctima se acomoda ella misma en el altar rogando “¡sacríficame!”. En el que el verdugo sólo obtiene el provisorio placer de amamantar su ego y luego nada más, sólo un tenue malestar, un ligero rechazo por sí mismo y por el otro. Sin embargo, el que ama parece que descubriera la intensidad de la vida con cada aguijonazo de dolor; degustando con fruición un sufrimiento que se le antoja delicioso. Y al mismo tiempo el que recibe el amor se va hundiendo cada vez más miserable, consumido en su desprecio. 
      Y así es cómo el enamorado le va sorbiendo la vida a su amor. Y así es cómo en el amor la víctima llega a dominar a su verdugo.

       

martes, 20 de marzo de 2012

El don

                                                           William Burroughs,  a quién se acusó de asesinar a su mujer

Lo interesante es que el que mejor escribe no es el más inteligente, ni el más culto, ni la mejor persona, ni el más guapo, ni el más bohemio. Nunca sabes quién tiene el don.Lo tiene el perfecto caballero Vargas Llosa, lo tiene el amigo de Fidel Castro, García  Márquez; el defensor de los oprimidos Dickens y el antisemita Céline; el exitoso Galdós y el tímido Kafka, el comprometido Milton y el apestado Baudelaire.

lunes, 12 de marzo de 2012

Suicidios furtivos

Hoy ha sido uno de esos días
de pequeños suicidios furtivos
en letrinas mustias,
Uno de esos días
en que manché con entrañas
la dócil blancura que me contemplaba.
He estado riendo toda la tarde,
fingiendo,
escuchando como música distante
las risas benévolas que hacia mí flotaban
Y ahora,
ahora que ya todos se marcharon
llevándose tras de sí su alegría inocente
igual que un niño arrastra su riel de cascabeles,
allá voy otra vez a toser mi alma,
a destruirme un poco más dentro
a morirme un poco antes.
Es el dolor de seguir existiendo
como un pitido mezquino y frágil,
como un parásito infatigable                                               
que le roba a la vida su flujo poderoso y noble.


Fotografía de Francesca Woodman