domingo, 5 de febrero de 2012

Atardece en Pozo Alcón

El cielo esconde llagas supurantes que sangran su costado. La montaña abre su boca negra y desdentada para tragarse el sol en abismo de fuego, y los últimos rayos se recogen de la roca recortada en dentelladas trágicas.

La luz, como poso dorado, se recoge lentamente los cabellos y vacilante, aún acaricia el costado de la plaza, el parque umbrío y en la Iglesia, la pálida piel del Cristo, en cuyas manos los clavos son pozos negros, de una sangre púrpura, que gotea silenciosamente.

Bajo esta luz oscilante, parece que el pueblo tiembla, que se estremece, que palpita cual corazón, como estómago que se contrae, como caverna que agoniza…

En el colegio, ahora vacío, parece que flotan aún lánguidas las risas de los niños, trenzadas con el perfume del aire.

Las risas áspera del viento se cuela entre el tallo esbelto de los cipreses, restalla en las muertas lápidas y hace temblar el pueblo como un junco indefenso al capricho del viento.

Mientras tanto, la Noche va vertiendo su cáliz de oscuridad sobre los olivos y las estrellas parpadean, insomnes, cual muertas joyas sobre la negra piel del cielo.

Todo es calma, todo es silencio, todo es vacío…

Después, poco a poco, la luz colorea las pálidas mejillas del alba, que emerge con pies de plata sobre el horizonte.

Las flores abren sus pétalos al frío aire de la mañana y en movimiento esparcen su perfume con languidez.

El gorjeo de los pájaros es como el agua que burbujea en una jarra de plata.

El Sol, como madeja de dorada hebra, se deshila sobre los sombríos tejados.

En la distancia se oye un gallo solitario y el plañir profundo de la campana, que rasga el aire con su
denso gemido, una hora y otra…y otra más.

La tarde va muriendo lentamente.

Y los días se suceden en un ciclo eterno…

En Pozo Alcón.
Pozo Alcón, 2009

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