martes, 7 de febrero de 2012

Haro Ibars: efímero poeta de la Movida

Pretendo aquí hacer una crítica desenfadada e impresionista más que rigurosa.



Eduardo Haro Ibars, autor de la Movida madrileña (1978-85): Obra Poética


    Obra Poética (Madrid, Ed. Huerga y Fierro, 2001) recopila una selección de poemas de los volúmenes Pérdidas Blancas (1978), Empalador (1980), Sex Fiction (1981) y En Rojo (1985).
  

    La poesía de Haro Ibars se caracteriza por la ausencia de puntuación, la libertad tipográfica, el uso de un lenguaje obsceno, la fascinación por los vampiros y otros seres mitológicos y oscuros como sirenas, centauros, el demonio… que se combina con lo urbano-tecnológico (aviones, escaparates, edificios), el surrealismo, la inclusión de anglicismos, una selección de palabras enormemente abigarrada (lo sexual, lo tecnológico, lo fabuloso, lo biológico, lo cotidiano, lo pop, lo hortera…)y la presencia de un tema fundamental, el sexo. En una abrumadora mayoría de ocasiones, el sentido de las abstrusas composiciones de Haro Ibars sólo en obtiene en clave sexual. Por ejemplo, al ver el adjetivo “blanco” nunca erraremos si lo consideramos una alusión al líquido seminal del hombre. El poeta abusa del sexo, el semen y la erección, que como realidades de la vida humana pueden y deben estar representadas en la literatura, pero con ciertos límites, si lo que se pretende es una poesía rigurosa y de calidad.

    Los versos son crípticos, indescifrables. Combina palabras tan remotamente alejadas que no puede crearse una atmósfera consistente, un mundo propio, porque Ibars todo lo usa, desde los dioses hasta el Heno de Pravia. No nos engañemos, cualquiera que escriba puede ver en este oscurantismo una maniobra para camuflar su falta de calidad, aunque Haro Ibars prefería decir que “como no tengo memoria, lo suplo con la imaginación”. En En Rojo, su último libro, el autor abandona al fin la escritura ilegible, aunque no por ello mejora la calidad de su poesía.

    A pesar de todo esto, es preciso reconocer la gran riqueza de vocabulario y creatividad de nuestro escritor maldito, que a veces exhibe metáforas brillantes y que descubre caminos de la lírica aún inexplorados, quiero decir con esto que jamás usa epítetos manoseados, sino que todo lo que escribe suena fresco, jamás dicho, jamás creado. Su lenguaje tiene además, de tan cargado de figuras literarias, la facultad de estimular la imaginación del lector.
Además, Haro Ibars suele titular bien como demuestran nombres tan evocadores como “Soles gemelos”, “En el desierto óptico” o “Palacios de mar”.

    En Obra Poética destacan por su calidad los poemas “Cenizas o algo tierno”, “Poema de amor”, “Blanca” (quizá el mejor y más sincero), “Never Street”, “Cementerio” y “Sin Título”.
Por el contrario, los poemas más mediocres son “Danza de la muerte”, “Reina de Chutas” e “Inventamos el sexo”.

    Para concluir me gustaría recordar una frase del amigo de Haro Ibars, Leopoldo María Panero: “Fue uno de mis maestros a nivel vital, uno de esos que practican la maldición metodológicamente…El problema es que como escritor era muy malo. Quizá Empalador esté bien…pero fumar drogas y hablar de vampiros me parece que no representa ninguna calidad intelectual”.

domingo, 5 de febrero de 2012

Atardece en Pozo Alcón

El cielo esconde llagas supurantes que sangran su costado. La montaña abre su boca negra y desdentada para tragarse el sol en abismo de fuego, y los últimos rayos se recogen de la roca recortada en dentelladas trágicas.

La luz, como poso dorado, se recoge lentamente los cabellos y vacilante, aún acaricia el costado de la plaza, el parque umbrío y en la Iglesia, la pálida piel del Cristo, en cuyas manos los clavos son pozos negros, de una sangre púrpura, que gotea silenciosamente.

Bajo esta luz oscilante, parece que el pueblo tiembla, que se estremece, que palpita cual corazón, como estómago que se contrae, como caverna que agoniza…

En el colegio, ahora vacío, parece que flotan aún lánguidas las risas de los niños, trenzadas con el perfume del aire.

Las risas áspera del viento se cuela entre el tallo esbelto de los cipreses, restalla en las muertas lápidas y hace temblar el pueblo como un junco indefenso al capricho del viento.

Mientras tanto, la Noche va vertiendo su cáliz de oscuridad sobre los olivos y las estrellas parpadean, insomnes, cual muertas joyas sobre la negra piel del cielo.

Todo es calma, todo es silencio, todo es vacío…

Después, poco a poco, la luz colorea las pálidas mejillas del alba, que emerge con pies de plata sobre el horizonte.

Las flores abren sus pétalos al frío aire de la mañana y en movimiento esparcen su perfume con languidez.

El gorjeo de los pájaros es como el agua que burbujea en una jarra de plata.

El Sol, como madeja de dorada hebra, se deshila sobre los sombríos tejados.

En la distancia se oye un gallo solitario y el plañir profundo de la campana, que rasga el aire con su
denso gemido, una hora y otra…y otra más.

La tarde va muriendo lentamente.

Y los días se suceden en un ciclo eterno…

En Pozo Alcón.
Pozo Alcón, 2009