domingo, 15 de enero de 2012

Primeras luces

He pasado la noche en vela hasta que me ha sorprendido el amanecer.

Siempre es un goce delicado contemplar el alba; pareciera que la misma claridad que se expande en el aire inundara el propio cuerpo con su tacto ligero. Casi tan opuesto como lo que se siente al despertarse cuando ya es de noche, unos de esos días en que se tiene el ciclo del sueño cambiado. Entonces uno se despierta con una picazón de abatimiento, de desesperación, de soledad también: la soledad del único hombre sobre la tierra. Cuando todos duermen y flota un silencio ominoso, la noche es más negra que la conciencia enlodada de un criminal.

Pero por ahora, sólo hay luz que se derrama como agua clara, sólo un alma que se esparce por todos los rincones de esta habitación. El mundo bien puede acabarse mañana.

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