martes, 19 de abril de 2011

enfermero de Libia


Tiene una piel de cuero viejo; arrugada y marrón. No se sabe si es mugre o simplemente el tiempo el que se instala entre esos carcomidos pellejos.
Tiene las mejillas hundidas, la nariz porosa, la boca de color café y una pelambrera áspera de animal viejo. Sus ojos, queman el papel. Como dos entradas al abismo, como dos agujeros en el tiempo, buscan voraces mis pupilas y son al mismo tiempo, asustados, vividos, sabios, ineludibles.
Pongo la foto boca abajo pero los ojos siguen ahí, insidiosamente vivos, fijos, impenetrables. Ojos que hacen retroceder, más allá de ellos es imposible aventurarse. Sólo queda hurgar en el fondo del propio ser y hallar el refugio más escondido posible para guarecerse, sintiéndose diminuto, difuso, enclenque.

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