sábado, 11 de diciembre de 2010

Impresiones


Vago sin rumbo definido buscando quizá el callejón adecuado para perderme, para liberarme de la corriente que fluye sin piedad de un lado para otro, sin jamás detenerse.
Las calles están atestadas.
Un hombre con dos muñones por muslos pide limosna al lado de una gran cadena de cosméticos. Desvío la vista, ligeramente mareada.
Intento separarme de la muchedumbre como una gota que se escapa de una mole inmensa de agua., pero me veo arrastrada irremisiblemente por la marea.
En la distancia las luces cuelgan como brillantes racimos de oro. Un músico de cabello grasiento intenta sacar alguna nota a su guitarra bajo la mirada de maniquíes altivos de abultadas pelucas y rojo sintético en los labios.
La masa fluye elástica y uniforme, se derrama en cada esquina, impregna el aire con su aliento húmedo. Busco un pasadizo solitario, uno en el que pueda oír el eco de mis tacones contra la calzada, uno que me lleve a un rincón extraordinario, a un paraíso desconocido. Algo en mi interior, como una veleta, me va guiando en misteriosos giros. Pero… ¡oh! me veo nuevamente arrojada a ese océano inmenso que baña las calles, que salpica en cada callejón, que te sumerge en su opresivo abrazo.




Saltar, quedar suspendida en el aire, arrojarme al agua que se rompe en mil pedazos, hacer que el tiempo vuelva a correr como en un despertar brusco.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Una distante aproximación a ti


Lees el periódico al fondo del bar…
Tan viejo. Tan empequeñecido.
La bufanda roja que destaca más que tú
y la barba de tres días.
Con esa chaqueta que huele a cuero gastado
y los surcos de tu rostro más profundos por domingo
te descubres en cada mendigo.
Me preguntas:
¿Qué recordarás de mí?
Quizá te recuerde así, diminuto, cansado, gris…
mientras intentabas esquivar la lluvia conmigo
y esboce una sonrisa callada y triste.